En sus propias palabras, por Indradyumna Swami, 9 de junio de 2013

Ananta santi June 9Diario de un monje viajero, Volúmen 13, Capítulo 12

Anatoli Fedorovich Pinyayev (Ananda-santi dasa) fue el primer devoto Hare Krsna soviético. A causa de su activa prédica a través de la URSS y debido a la influencia espiritual que tenía en mucha gente, durante cinco años y medio fue objeto de un severo acoso por parte del personal de varios hospitales psiquiátricos soviéticos. Los siguientes son extractos de una entrevista con él, realizada en febrero de 1988:

Comencé a predicar la conciencia de Krsna después de que Srila Prabhupada visitó Moscú en 1971. Poco a poco la gente de la Unión Soviética se fue sintiendo cada vez más atraída hacia la conciencia de Krsna y así llegó a estar bastante difundida. Sin embargo, las autoridades se sintieron temerosas, porque muchos de los intelectuales estaban interesados en la conciencia de Krsna. Todo lo espiritual era considerado un delito, y de esta manera empezaron las represiones.

Se produjo como una gran explosión de conciencia de Krsna en la Unión Soviética. Las autoridades estaban aterradas, así que trataron de desacreditar al movimiento y presentarlo como un simple grupo de criminales locos. Debido a que yo fui el primero en predicar y era el único discípulo de Srila Prabhupada, trataron de reprimirme y presentarme como un criminal loco. El tribunal nos acusó a mis hermanos espirituales y a mí de enseñar vegetarianismo, que consideraban perjudicial para el organismo, y de enseñar mantras y a orar, que consideraban perjudicial para la condición mental de las personas. Nos acusaban bajo estos pretextos ridículos.

Fui encarcelado, y trataron de presentar como demente a toda persona que estuviese siguiendo la conciencia de Krsna en este país. Luego me pusieron en una prisión de salud mental, una cárcel de salud mental. Allí los médicos decían que a ellos se les había enseñado que los creyentes religiosos son insanos, y que sólo las personas insanas pueden creer que existe un Dios, que existe el espíritu y que no somos este cuerpo sino chispas espirituales.

Me administraron ciclos de medicamentos por varios meses. Me daban fármacos tres veces al día. Era tan horrible, que sólo podía yacer en la cama. Estos fármacos eran especiales, hacían imposible que uno pudiera concentrase en algo. Si trataba de cantar en voz alta, me suministraban dosis tan enormes que pude haber muerto. Tendido en la cama experimentaba un enorme malestar; esos fármacos me hacían sentir un estado de inquietud tal, que me forzaban a cambiar de posición todo el tiempo. Sentía mucha debilidad y un gran malestar; fue como una tortura durante meses y años. La única pausa a esa tortura era por las noches mientras dormía.

Al principio, cuando los psiquiatras me consideraron loco, me trasladaron desde la prisión común a la prisión psiquiátrica en Smolensk. Estaba en el mismo lugar que la cárcel común, pero ésta tenía celdas especiales para prisioneros psiquiátricos. Tenía los malos aspectos tanto de un asilo mental como de una cárcel. Vivíamos en celdas pequeñas con alrededor de veinte personas en cada una de ellas. No había suficiente aire fresco, y nos bañábamos de vez en cuando, a veces pasaban hasta 23 días. Mucha gente ahí tenía insectos en el cuerpo.

El lugar entero estaba bastante sucio, y la comida estaba muy mal preparada. Con frecuencia a las personas ahí se le caían los dientes y le sangraban las encías. Yo ingería muy poca comida. Todo allí era un problema. Incluso los custodios eran delincuentes; era un lugar para criminales locos, y había constantes peleas entre ellos. Había presión por parte de los médicos, los custodios, los criminales, de todos. Todos estaban muy perturbados. A mis familiares les dijeron que nunca me pondrían en libertad.

A los prisioneros se les castigaba por cualquier cosa. Yo trataba de lavar mi ropa, y cada mañana intentaba lavar al menos algunas partes de mi cuerpo. Pero muchas veces fui castigado por hacer eso, no les gustaba que lo hiciera. Los custodios intentaron golpearme en varias ocasiones.

Había presión psicológica todo el tiempo. Los fármacos se administraban por cualquier motivo y bajo cualquier pretexto. De alguna manera los médicos decidieron que podía ser trasladado de esa prisión psiquiátrica especial a una prisión psiquiátrica común. Al KGB no le gustó eso, porque su objetivo era mantenerme allí durante toda mi vida. Así que, en su lugar, fui trasladado a otra prisión psiquiátrica especial en la ciudad de Oryol.

A todos allí les sorprendió el hecho de que yo había sido encarcelado por predicar religión. Ellos veían que las autoridades eran particularmente opresivas hacia mí, pero no podían entender por qué.

Me enteré por mi madre que mis hermanos espirituales en todo el mundo habían iniciado una campaña por mi liberación, así como la liberación de otros devotos encarcelados en la Unión Soviética. La situación cambió un poco. Durante el último medio año en Oryol se esperaban algunos cambios, así que entonces empecé a predicar más.

En Smolensk me mantuvieron en un pabellón donde había un doctor que era famoso por sus inclinaciones sadísticas. En Oryol, sin embargo, mi último doctor me dijo que yo estaba completamente cuerdo. Dijo que él entendía que yo estaba en la prisión de salud mental debido a la situación política. Antes de la política reformista llamada perestoika, todo los aspectos de la vida espiritual e intelectual eran oprimidos en nuestro país. Me dijo: “El tiempo está de tu lado. Debido a los cambios en nuestra sociedad y al apoyo desde el extranjero, tarde o temprano serás puesto en libertad. Fue un tanto compasivo conmigo, y yo le prediqué. Me sentí muy agradecido con mis hermanos espirituales y con la gente en todo el mundo que hicieron una u otra cosa para, de alguna manera, liberarme.

Fui liberado de la prisión psiquiátrica de Oryol de una forma bastante extraña e inusual. Un día mi doctor me llamó y me dijo que se sentía un poco inquieto. Dijo que habían llegado unos papeles de Moscú diciendo que yo debía ser puesto en libertad, y que vendría un profesor especial de Moscú para formar parte de una comisión médica que me daría el alta.

Cuando el profesor llegó, habló un largo rato con mi doctor sin que yo estuviera presente. Al final le dijo a mi doctor: Sí, él está completamente cuerdo. Le daremos el alta, pero por ahora conservaremos sus diagnósticos, puesto que su condición puede reaparecer en el futuro”. Cuando mi doctor me contó todo esto, le pedí que le preguntara al profesor: “¿Quién puede garantizar que usted mismo no se volverá loco después de un tiempo?”. Mi doctor me dijo: “Sí, le hice esa pregunta y respondió que él encuentra los síntomas de enfermedad mental en sí mismo”.

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